Esta noche ha hecho bastante viento y ha llovido, así que nos hemos tenido que levantar para recoger el toldo y guardar las sillas antes de que salieran volando. Así que nos tomamos la mañana con calma. Después de desayunar buscamos algún lugar donde dar un paseo con Hiru. Tras un par de intentos fallidos, encontramos un bonito sendero que atraviesa un bosque, justo el tipo de caminos que más nos gustan. Aunque no es muy largo, nos permite estirar las piernas y jugar un buen rato con ella.
Después retomamos la carretera con destino a Suiza. Habíamos estado buscando información sobre qué zona visitar y, curiosamente, varias inteligencias artificiales nos recomendaron el valle de Glarus por ser una región alpina poco masificada y de enorme interés geológico. En esta ocasión, el consejo no podía haber sido más acertado.
Habíamos reservado alojamiento en un pequeño hotel que también dispone de una zona para campers, así que ponemos rumbo a Elm, el pueblo donde pasaremos las próximas noches.
El valle nos parece una auténtica maravilla. Grandes praderas, montañas escarpadas y pequeñas aldeas salpican el paisaje. Sin embargo, nos sorprende la escasa afluencia de turistas. Se nota que existe cierta infraestructura turística, pero resulta mucho más discreta y menos modernizada que en otras zonas alpinas más conocidas.
Llegamos a Elm cerca de las ocho de la tarde. Encontrar el alojamiento ya tiene su dificultad, pero entender cómo funciona resulta todavía más complicado. Se trata de un espacio diminuto donde apenas caben cuatro o cinco campers y alguna tienda de campaña, situado junto a un pequeño hotel. La mujer que nos atiende, que parece ser la propietaria, es muy seria y poco dada a las explicaciones. Se limita a indicarnos dónde aparcar y nos comenta que los baños están "en la zona de acampada".
El problema es localizar esa zona. Damos unas cuantas vueltas hasta que, por casualidad, Gemma ve salir a un chico de un edificio situado bajo el parque de bomberos, justo al lado de donde estamos. Allí se encuentran, efectivamente, los baños...
El edificio nos deja completamente desconcertadas. Parece un auténtico búnker militar construido en hormigón armado, algo que llama todavía más la atención en un país donde prácticamente todo se construye con madera. Las paredes deben de tener cerca de medio metro de grosor y las enormes puertas de hierro macizo cuentan con un sistema de doble cierre mediante gigantescos tornillos que se accionan con una especie de llave inglesa incorporada. No sabemos cuál fue su función original, pero desde luego transmite una enorme sensación de solidez.
Los baños son bastante sencillos, incluso algo antiguos, pero están muy limpios y disponen de una ducha de agua caliente con una presión espectacular. Después de tantos días de viaje, eso basta para hacernos muy felices.
Cenamos tranquilamente y dedicamos el resto de la noche a preparar la ruta de mañana. El valle de Glarus está considerado una de las regiones geológicas más importantes de Europa, hasta el punto de haber sido declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO gracias al famoso Cabalgamiento Principal de Glarus, una estructura geológica que permitió demostrar cómo enormes masas de roca pueden desplazarse decenas de kilómetros sobre otras mucho más jóvenes. Mañana exploraremos esta fascinante zona... ¡ya os lo contaremos!


Comentarios
Publicar un comentario