Después de varias semanas recorriendo Centroeuropa, volvemos a casa cansadas, pero con el cuerpo y el alma llenos. Ha sido uno de esos viajes que dejan huella. No solo por los paisajes recorridos o por todo lo aprendido, sino por la forma en que nos ha encontrado.
El reciente fallecimiento de Luis Miguel, mi maestro, mentor y amigo, hizo que iniciáramos este viaje con el corazón en un lugar muy distinto al habitual. Nos fuimos con una sensación de pérdida difícil de explicar, conscientes de lo frágil que puede llegar a ser la vida y de lo efímero que resulta todo. Quizá por eso hemos viajado de otra manera. Con menos prisa. Con más calma. Con más silencio. Deteniéndonos más en los pequeños detalles y disfrutando cada momento con una serenidad que no recordábamos haber sentido en otros viajes.
Y, de alguna forma, no hemos estado solas.
Hemos tenido la inmensa suerte de que Carmen, su compañera de vida, realizara este viaje con nosotras... al menos en espíritu. Nuestra profunda amistad ha permitido que, aun estando cada una en un lugar diferente, sintiéramos que compartíamos el camino. Has estado presente en cada desayuno tranquilo frente a las montañas, en cada paseo por los bosques, en cada baño en los lagos de aguas transparentes y en cada rincón bonito que descubríamos. Ha sido un auténtico regalo compartirlo contigo, aunque fuera en la distancia.
La próxima vez, eso sí... queremos compartirlo también con tu cuerpo. 😉
Quizá por todo ello este viaje haya sido diferente. Hemos descubierto que no hace falta hacer más kilómetros, subir más montañas o visitar más lugares para disfrutar más. A veces basta con caminar despacio, respirar hondo, escuchar el viento entre los árboles, contemplar un lago en silencio o dejar que una conversación dure más de lo previsto. Hemos aprendido que viajar también puede ser una forma de agradecer la vida.
Cuando dentro de unos años recordemos este verano, probablemente no pensaremos primero en Suiza, en Eslovaquia o en Austria. Recordaremos la paz de los bosques, el color imposible de algunos lagos, las montañas que nos enseñaron cómo se construye la Tierra... y, sobre todo, la serenidad con la que recorrimos cada uno de esos lugares.
Por eso, para nosotras, este será siempre el viaje de Luis Miguel y de Carmen.
De Luis Miguel, porque incluso después de marcharse siguió enseñándonos una última lección: que la vida merece ser vivida despacio, con curiosidad y con gratitud.
Y de Carmen, porque su amistad ha demostrado que hay personas capaces de acompañarte incluso cuando están lejos, haciéndote sentir cerca en cada paso del camino.
Gracias a los dos.
Os queremos mucho.
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Precioso texto Delia, un abrazo grande a las dos y a Carme!
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