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3 de agosto de 2026. Muránska planina

 

Hoy dejamos atrás la zona de Čingov y el Paraíso Eslovaco para poner rumbo a otro de los parques nacionales del país: Muránska planina. Después de varios días de madrugones y caminatas, decidimos tomarnos la mañana con calma. Recogemos la furgo, limpiamos un poco y emprendemos el camino sin prisas.

Nuestra primera parada es Dedinky, un pequeño pueblo situado a orillas del embalse de Palcmanská Maša, el mayor lago artificial del Parque Nacional Slovenský raj.





El lugar parece estar orientado principalmente al turismo local, aunque nos da la impresión de que está algo desaprovechado. Buscamos algún sendero agradable para rodear el lago, pero no encontramos ninguno. Lo único que discurre junto a la orilla es la vía del tren, acompañada por una pequeña senda. 








Paseamos un rato por allí, pero la verdad es que no terminamos de disfrutar. Hace un calor sofocante, apenas corre el aire y el paisaje, aunque bonito, no resulta especialmente atractivo desde ese punto.

Así que decidimos continuar hacia Muránska planina. Ya dentro del parque hacemos una parada para comer en una de esas casetas de madera que los eslovacos tienen repartidas por todas partes y que están pensadas para descansar o hacer un picnic. Es una de las cosas que más nos gustan del país: siempre hay un lugar agradable donde sentarse a la sombra. Y hoy, con el calor que hace, esa sombra vale oro.




Después llegamos al pequeño pueblo de Muráň, pero, para ser sinceras, tampoco da mucho de sí. Habíamos leído que era famoso por los Muránske buchty, unos bollos dulces tradicionales rellenos de mermelada o requesón que son toda una institución en la zona. Sin embargo, cuando llegamos a la pastelería... nos la cierran literalmente en las narices. Como veis, hoy el día está un poco torcido.

Nos planteamos subir hasta las ruinas del castillo de Muráň, una de las fortalezas situadas a mayor altitud de Eslovaquia. Pero la excursión supone unas dos horas y alrededor de 500 metros de desnivel, y con el calor que está cayendo no nos parece precisamente un plan apetecible.

También barajamos acercarnos al prado de Veľká lúka, famoso por la presencia de los caballos Norik de Muráň, una población semisalvaje que pasta libremente en los pastizales de la meseta y constituye uno de los símbolos del parque nacional. Sin embargo, también requiere una caminata considerable, así que hoy decidimos dejarlo para otra ocasión.

Al final optamos por una alternativa mucho más tranquila: acercarnos a observar las famosas ardillas de las praderas europeas (Spermophilus citellus), conocidas también como susliks. Aunque a primera vista recuerdan muchísimo a pequeños suricatos, en realidad pertenecen a otro grupo de roedores. Esta especie está seriamente amenazada en gran parte de Europa debido a la desaparición de los pastizales tradicionales, y en Muránska planina existe una importante colonia protegida donde se llevan a cabo programas de conservación. Los animales están ya muy acostumbrados a la presencia humana y, gracias a la alimentación suplementaria que reciben, es muy fácil observarlos de cerca mientras corretean, silban para avisarse del peligro o desaparecen a toda velocidad en sus madrigueras.

Compramos unas zanahorias para ellas y nos vamos directas a verlas.



La pradera donde viven está justo enfrente de un pequeño parque temático y zoológico infantil, Sysľovisko – Obrovisko, que parece estar muy bien preparado. Lo primero que nos llama la atención son las enormes esculturas inspiradas en la mitología eslovaca que decoran la entrada. Son gigantescas y muy vistosas, y por lo que vemos, el interior también está lleno de ellas.




Las "suricatillas" resultan ser un auténtico espectáculo. Son graciosísimas. La pradera está completamente perforada por decenas de madrigueras de las que asoman continuamente sus cabecitas, siempre pendientes de ver si alguien llega con comida. En cuanto detectan una zanahoria salen disparadas, corriendo de un agujero a otro a una velocidad increíble.




En realidad recuerdan más a una mezcla entre ardilla y rata: cuerpo alargado, cola relativamente corta y un pelaje que las camufla perfectamente con la hierba seca. Pero tienen unos ojos enormes y esos bracitos diminutos con los que sujetan la comida que las hacen absolutamente irresistibles. 









Nos pasamos un buen rato dándoles trocitos de zanahoria y observando cómo se organizan, cómo vigilan unas por otras y cómo desaparecen en cuestión de un segundo cuando algo las pone en alerta.

Hiru, mientras tanto, está completamente revolucionada. No podemos soltarla ni un instante porque estamos convencidas de que intentaría cazarlas sin pensárselo dos veces. Eso sí, estamos igual de convencidas de que ellas acabarían tomándole el pelo. Nos las imaginamos entrando y saliendo de las madrigueras mientras Hiru corre de un lado para otro sin entender nada y ellas, si la evolución les hubiera regalado un dedo más, seguro que hasta le harían cortes de manga con esos minúsculos bracitos.

Compartiendo el recinto con las ardillas hay también varios burros que resultan casi tan divertidos como ellas. Han aprendido perfectamente que todos los visitantes llegan con zanahorias y, como una doble valla electrificada les impide acercarse demasiado, han desarrollado una técnica de lo más ingeniosa: meten la cabeza de lado entre las dos vallas y abren la boca esperando que alguien les dé un premio. Son unos auténticos caraduras y consiguen arrancarnos más de una carcajada.










Después damos un paseo por los alrededores y empezamos a fijarnos en unos carteles que advierten de la presencia de osos pardos. Al principio pensamos que simplemente pretenden evitar que la gente abandone los senderos, algo bastante habitual en parques naturales. Sin embargo, poco después volvemos a encontrarlos incluso junto a zonas muy frecuentadas por turistas y la cosa deja de hacernos tanta gracia.

Nuestra idea inicial era dormir esa noche de acampada libre, pero, siendo sinceras, el entusiasmo se nos pasa bastante rápido. No es que el riesgo de encontrarse un oso sea alto, pero tampoco nos apetece comprobarlo de primera mano.

Buscamos primero algún lugar tranquilo en Muráň. No hay campings y valoramos pasar la noche en un aparcamiento del pueblo, pero está completamente vacío y empiezan a llegar grupos de jóvenes con la música a todo volumen. Definitivamente, no parece el mejor sitio para descansar.

Así que cambiamos de planes y decidimos abandonar Muránska planina para buscar el camping más cercano, en Brezno, a unos cuarenta minutos por una carretera preciosa que atraviesa buena parte del parque nacional. Nos da bastante pena porque al día siguiente queríamos subir al castillo y acercarnos a ver los caballos de Veľká lúka, pero, una vez desplazadas hasta Brezno, ya no tiene mucho sentido volver a recorrer toda esa distancia. Es una lástima, porque el parque nos ha dejado con la sensación de que merece bastante más tiempo del que finalmente le hemos dedicado.

En Brezno tampoco encontramos sitio a la primera. El área que aparece recomendada en Park4Night está completamente llena, pero al final damos con un lugar mucho más agradable de lo esperado: una granja que dispone de una amplia zona para acampar, con baños secos, duchas de agua caliente y un ambiente muy tranquilo. Además, tienen cabras y caballos!!








Menos mal que el día termina bien, porque, entre el calor, los cambios de planes y las dudas sobre dónde dormir, la jornada se nos había hecho un poco cuesta arriba. De esas que no salen exactamente como las imaginas, pero que al menos acaban dejándote con un buen sabor de boca.

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