Hoy madrugamos de verdad porque hemos decidido visitar el punto más concurrido del parque: el mirador de Tomášovský výhľad. No solo es el lugar más visitado del Parque Nacional Slovenský raj, sino que además todo el mundo termina concentrándose en apenas unos metros cuadrados de roca, así que ir en hora punta puede convertirse en una auténtica romería.
Nos levantamos a las seis y, entre recoger la furgo y desayunar, llegamos al inicio del sendero sobre las siete y media. En el aparcamiento todavía hay muy pocos coches, así que enseguida comprobamos que habíamos acertado con la hora. La ruta que hacemos es muy sencilla: unos 4,2 km ida y vuelta, con unos 165 metros de desnivel positivo. A nosotras la subida nos lleva aproximadamente una hora. Aunque ya empieza a hacer bastante calor, el camino resulta muy agradable. Transcurre por esa típica senda forestal que tanto nos gusta, con un desnivel suave y constante.
Solo nos cruzamos con un par de parejas que ya bajan, y al llegar arriba encontramos únicamente a una familia y a un chico que alcanza el mirador prácticamente al mismo tiempo que nosotras.
El lugar, desde luego, merece el madrugón. Tomášovský výhľad es una gran terraza de roca caliza que se asoma unos 145 metros sobre el cañón del río Hornád. Desde allí se contempla el valle del Biely Potok, el espectacular desfiladero del Hornád y, si el día está despejado, incluso las cumbres de los Altos Tatras. Es uno de esos lugares desde los que entiendes perfectamente por qué a este parque nacional lo llaman el Paraíso Eslovaco.
Nos quedamos un buen rato sentadas disfrutando de las vistas y del silencio. Poco a poco empezamos a bajar mientras, ahora sí, auténticas hordas de gente comienzan a subir. Confirmamos que el madrugón había sido la mejor decisión del día.
A Hiru le encantan estos bosques cubiertos de hojas secas donde puede corretear y jugar como una loca, y a nosotras también, la verdad.
Los bosques eslovacos nos tienen completamente enamoradas. Esa mezcla de hayas, arces, abetos, tilos y otras especies forma un paisaje de una riqueza increíble. En el sotobosque descubrimos además un montón de orquídeas silvestres, especialmente la lady's slipper orchid (orquídea de zapatillas de dama), que tiene un intenso color morado y amarillo. Me tienen completamente fascinada y me paso el viaje haciéndoles fotos.
Al volver decidimos reponer fuerzas en el bar de la entrada del parque. A Gemma no se le ocurre otra cosa que pedirse un café irlandés... con lo mal que le sienta el alcohol y después de toda la caminata, medio deshidratada... En fin...
Unos minutos más tarde y una vez recuperada, cogemos la furgo y ponemos rumbo a Levoča, una preciosa ciudad medieval situada a muy pocos kilómetros. Fue una de las ciudades más importantes de la región de Spiš gracias a su ubicación en la antigua ruta comercial entre el Báltico y los Balcanes. Conserva prácticamente intacto su recinto amurallado medieval y su centro histórico fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2009.
Aparcamos junto a una de las puertas de la muralla y comenzamos a pasear tranquilamente por sus calles. Lo primero que nos sorprende es el silencio. No se ve prácticamente a nadie. Más tarde entenderemos el motivo.
La ciudad nos encanta. Vinimos a Eslovaquia buscando montañas y bosques, pero lo que más nos está sorprendiendo son sus pueblos y ciudades. Levoča tiene un ambiente muy especial: casas burguesas perfectamente conservadas, todas de colores distintos, fachadas elegantes y una plaza mayor amplísima presidida por el antiguo ayuntamiento renacentista del siglo XVI. En uno de sus extremos se alza la impresionante iglesia de Santiago, famosa por albergar el altar mayor de madera más alto del mundo, una obra maestra realizada por el Maestro Pablo de Levoča a comienzos del siglo XVI. La visitamos por dentro y nos gusta muchísimo, aunque tampoco aquí permiten hacer fotografías.
Después de recorrer con calma esta pequeña pero elegantísima ciudad, decidimos comer en una de las terrazas de la plaza. Primero buscamos algunas recomendaciones de Tripadvisor, pero están cerradas, así que acabamos sentándonos donde mejor nos parece. Y mira por dónde... una de esas veces en las que aciertas sin buscarlo.
Es, con diferencia, el mejor sitio donde hemos comido en todo el viaje. Compartimos un estupendo carpaccio de remolacha y una sopa de primero, y unas costillas de cerdo asadas de segundo que estaban absolutamente espectaculares. Las raciones eran enormes y el precio, increíble. Por menos de veinte euros por persona comimos de lujo y todavía nos sobró suficiente como para llevarnos la cena.
Con el estómago lleno nos dirigimos a Mariánska hora (la Colina Mariana), el santuario que domina Levoča desde una colina cercana. Se trata del principal lugar de peregrinación católica de Eslovaquia y recibe miles de peregrinos cada año, especialmente durante las celebraciones estivales.
Al llegar dejamos la furgo en el primer aparcamiento que encontramos porque ya estaba bastante lleno. La sorpresa llega cuando empezamos a subir andando y descubrimos otros dos aparcamientos enormes completamente abarrotados. De repente empiezan a bajar riadas de personas por la carretera mientras los coches salen uno tras otro.
Gracias a Chapy descubrimos que ese domingo se había celebrado una de las misas especiales del verano. Nos llama muchísimo la atención la enorme participación. Hay familias enteras, jóvenes, ancianos... gente de todas las edades. Durante el periodo comunista la Iglesia católica sufrió una fuerte persecución en la antigua Checoslovaquia y, tras la caída del régimen, la práctica religiosa recuperó mucha fuerza. Ya habíamos percibido esa presencia del catolicismo durante el viaje, pero lo que vemos aquí nos deja realmente impresionadas.
Esperamos a que se marche la mayor parte de la gente y entonces visitamos tranquilamente el santuario. El lugar es precioso y desde allí las vistas sobre Levoča son magníficas. Nos gusta especialmente la arquitectura del conjunto, sus colores y, sobre todo, las estaciones del Vía Crucis, con unos relieves escultóricos realmente llamativos.
Pasamos allí un buen rato. Nos sentimos especialmente satisfechas de cómo está transcurriendo el día y nos cuesta despedirnos de Levoča, así que antes de marcharnos damos una última vuelta bordeando su cuidada muralla.
Finalmente regresamos al camping.
Hace muchísimo calor, pero es ese calor pegajoso que siempre anuncia tormenta. Y, efectivamente, no tarda en descargarse una buena. Nos pilla justo al llegar. Sacamos el toldo, nos sentamos a cubierto y disfrutamos de la lluvia mientras nos tomamos una copita de vino blanco eslovaco bien fresquito.
La verdad... no se nos ocurre una forma mejor de terminar el día.
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