No ha parado de llover en toda la noche y, curiosamente, ha sido de lo más agradable. Escuchar la lluvia golpear el techo de la camper mientras permanecíamos acurrucadas bajo la manta que tuvimos que comprarnos en Austria ha sido uno de esos pequeños placeres que solo se disfrutan viajando.
Al despertar, el tiempo nos da una tregua. El Chapi nos ha preparado una ruta tranquila por el bosque que pasa por dos bonitas cascadas: un plan perfecto para un día fresco de verano. La temperatura es una auténtica maravilla y desde los primeros pasos tenemos la sensación de estar caminando por uno de esos lugares en los que podríamos pasar días enteros.
Definitivamente, el Macizo Central entra en nuestra lista de destinos para futuros viajes. Nos ha sorprendido muchísimo. Es una región de origen volcánico que ocupa buena parte del centro de Francia y, aunque suele quedar eclipsada por los Alpes o los Pirineos, esconde paisajes espectaculares, bosques centenarios, ríos, cascadas y una tranquilidad que nos ha conquistado por completo.
Hay bastante gente caminando, pero no resulta agobiante. Quizá sea que después de tantos días viajando por Europa Central ya hemos recalibrado el concepto de "mucha gente".
La ruta apenas dura una hora o una hora y media, así que decidimos improvisar y continuar un poco más por el bosque. Nos tiene completamente fascinadas.
Sin darnos cuenta, este viaje se ha convertido en el viaje de los bosques y los lagos.
En esta ocasión caminamos entre enormes hayas, arces y abetos de aspecto antiquísimo. Todo está cubierto de musgo, el suelo permanece húmedo gracias a la lluvia y el ambiente desprende ese olor a bosque que tanto nos gusta.
Lo mejor es que empezamos a poner en práctica todo lo aprendido durante estas semanas.
Tanto es así que, de repente, encontramos un árbol que nos resulta familiar. Observamos sus acículas, la disposición de las ramas y su aspecto general... y nos atrevemos a hacer una apuesta.
—¡Es un alerce!
Lo habíamos conocido en Glarus, donde aprendimos que era la madera con la que tradicionalmente construían muchas casas alpinas gracias a su enorme resistencia a la humedad, pero hasta ahora nunca habíamos visto uno en directo. Consultamos al Chapi... y, efectivamente, habíamos acertado.
Nos hace especial ilusión porque el alerce es una auténtica rareza entre las coníferas. Aunque produce piñas como los pinos o los abetos, pierde las hojas cada otoño, siendo una de las pocas coníferas caducifolias de Europa. Es curioso pensar que seguramente nos habíamos cruzado antes con alguno sin prestarle la menor atención.
Seguimos caminando entre un bosque húmedo, lleno de pequeños arroyos, helechos y el sonido constante del agua.
Nuestro paseo ideal.
Hacia la una regresamos a la camper y nos acercamos al pueblo de Le Mont-Dore en busca de una boulangerie.
Porque... ¿cómo renunciar a los dulces franceses?
Una vez más, no fallan.
Compramos unos pasteles espectaculares, una especie de fina oblea crujiente típica de la pastelería —de esas que desaparecen antes de darte cuenta— y un pan excelente.
Creo que es prácticamente imposible comer mal en una panadería francesa.
Con el estómago y el ánimo bien llenos comienza la parte menos emocionante del día.
Muchos kilómetros de autovía.
Nuestro objetivo es acercarnos todo lo posible al País Vasco francés para que mañana el regreso hacia casa sea mucho más llevadero.
Así que toca hacer lo que menos nos gusta de viajar...
...conducir.
Por suerte, nos vamos con la sensación de haber descubierto una de esas regiones poco conocidas que terminan convirtiéndose en auténticos tesoros personales. El Macizo Central ha sido una de las grandes sorpresas del viaje y tenemos bastante claro que volveremos algún día, con más tiempo y muchas más botas de montaña por gastar.
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