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1 de agosto de 2026. Slovenský raj NP: trekking a Kláštorisko

 Slovenský raj significa «Paraíso Eslovaco», un nombre que le viene que ni pintado a este parque nacional, famoso por sus profundos cañones, sus cascadas y sus vertiginosas rutas equipadas con escaleras, cadenas y pasarelas metálicas.

El parque se asienta sobre un macizo de roca kárstica, que se disuelve con relativa facilidad por la acción del agua. Durante miles de años, el río Hornád y sus afluentes han ido erosionando la montaña hasta abrir estrechos desfiladeros. En algunos puntos, las paredes del cañón del Hornád alcanzan los 150 metros de altura.

Nuestra idea inicial era recorrer el Prielom Hornádu, una de las rutas más conocidas del parque. El camino avanza junto al río y atraviesa los tramos más estrechos del cañón mediante escaleras, cadenas, puentes colgantes y pequeños peldaños metálicos anclados directamente a la pared.

Ya habíamos leído que podía resultar complicado recorrerlo con perro, pero en la oficina de información del parque nos confirman que, con Hiru, es imposible. En algunos puntos, los únicos apoyos son una sucesión de escalones suspendidos sobre el río y sujetos a la roca. No parece el lugar más apropiado para intentar avanzar cargando con una perra de treinta kilos, así que todo nuestro gozo en un pozo…

Pero sin caminar no nos vamos a quedar.

El amable chico de información nos propone una alternativa: seguir la ruta roja que asciende por el bosque hasta la parte alta de la montaña, continuar desde allí hasta Kláštorisko y regresar después al aparcamiento por la ruta verde.

Kláštorisko es uno de los principales cruces de senderos del parque. Allí se encuentran las ruinas de un antiguo monasterio cartujo y, lo que en ese momento nos parece todavía más interesante, un restaurante.

El plan suena bien. Además, el chico nos asegura que no tardaremos más de tres horas…

Una subida bastante menos amable de lo previsto

Hemos madrugado para evitar las aglomeraciones, aunque cuando empezamos a caminar son ya las nueve de la mañana. El calor aprieta con fuerza desde primera hora y no parece dispuesto a darnos tregua.

Una de las cosas que más estamos agradeciendo de Eslovaquia es su actitud hacia los perros. No vemos demasiados perros domésticos y, afortunadamente, ninguno asilvestrado. Tampoco nadie nos llama la atención por llevar a Hiru suelta cuando las condiciones lo permiten. Después de venir de la estricta Austria, esta permisividad nos sabe a gloria.

El sendero comienza a ganar altura desde el primer momento. No hay calentamiento posible: subida, subida y más subida. El desnivel, unido al intenso calor y a la humedad del bosque, convierte el ascenso en bastante más duro de lo esperado.

Nada más empezar nos encontramos con una escena que consigue distraernos durante un rato.

Un chico joven maneja un enorme caballo en mitad del estrecho camino. Lo acompaña un perrillo pequeño que no deja de ladrarnos, quizá convencido de que somos una terrible amenaza para aquella operación forestal.



El caballo, un fornido ejemplar de tiro, está siendo utilizado para sacar troncos del monte. El chico engancha la madera a un arnés colocado en la parte posterior del animal y, mediante unas riendas largas, lo guía por el sendero mientras arrastra los troncos montaña abajo. Al llegar a la carretera los desengancha y un compañero se encarga de cortarlos para hacer leña.




Nos encanta observar el proceso. No es una demostración preparada para turistas ni una actividad folclórica: es simplemente su trabajo cotidiano. Y precisamente por eso resulta mucho más interesante.



A partir de ahí se terminan los entretenimientos.

Continuamos con una subida larga y exigente que nos obliga a superar más de 400 metros de desnivel. Definitivamente, un poco demasiado para nosotras en un día tan caluroso.





Cuando por fin alcanzamos la parte más alta, descubrimos que todavía no hemos terminado. Nos quedan otros tres o cuatro kilómetros por un  monótono sendero que recorre la ladera y que, aunque avanza más o menos en llano, se nos hace eterno. 



El bosque es muy hermoso, de eso no hay duda, pero cuando solo ves bosque durante 6 horas, pues te acabas cansando... no hay ningún momento en el que el bosque se abra para ver donde estamos y eso se echa de menos... 



Llegamos a Kláštorisko agotadas y deshidratadas. Nos hemos bebido toda el agua que llevábamos, tanto nosotras como Hiru, así que hacemos exactamente lo mismo que todos los excursionistas que llegan hasta aquí: abalanzarnos sobre el restaurante.

Pedimos bebida y una sopa tradicional de col que teníamos muchas ganas de probar. Sin embargo, la experiencia gastronómica no termina de conquistarnos.

Creemos que está preparada con chucrut, porque tiene un punto ácido muy marcado y un sabor bastante peculiar. No podemos decir que nos encante, pero está caliente, es contundente y, después de semejante subida, entra sorprendentemente bien.

Con el estómago lleno cuesta todavía más volver a ponerse en marcha. Antes de iniciar el descenso nos acercamos un momento a las ruinas del antiguo monasterio cartujo que da nombre al lugar. Sin embargo, a pleno sol y con el calor cayendo sobre nuestras cabezas, nuestra capacidad para apreciar el patrimonio histórico está bajo mínimos.

Les prestamos una atención más bien testimonial y comenzamos a bajar.




El descenso es muy pronunciado y, aunque el esfuerzo cardiovascular es menor, nuestras piernas empiezan a acusar las horas de caminata.



Cuando ya estamos prácticamente abajo son las dos de la tarde. Llevamos desde las nueve caminando, hace un calor tremendo y estamos completamente destrozadas.

Entonces aparece ante nosotras el río Hornád.





Casi nos tiramos de cabeza!

Por desgracia, el agua apenas tiene profundidad y, además, baja increíblemente fría. Lo comprobamos en cuanto nos quitamos las botas y metemos los doloridos pies. El primer contacto es casi insoportable, pero en pocos segundos el frío empieza a hacer su efecto y sentimos un alivio maravilloso.



Hiru no necesita que nadie le explique lo que tiene que hacer. Entra en el río, se coloca en mitad de la corriente y permanece allí, inmóvil, durante unos diez minutos, refrescándose las patas.




Cuando considera que ya están suficientemente hidratadas, sale tranquilamente y viene a tumbarse a nuestro lado.... está tan agotada como nosotras!



Estamos tan encantadas con el descanso y tan relajadas después del baño que, al retomar la marcha, nos confundimos de camino.... 

Justo lo que necesitábamos.

No teníamos que cruzar el río, pero lo cruzamos. Y, una vez al otro lado, continuamos por una senda que poco a poco empieza a alejarnos del parque.

Cuando queremos darnos cuenta, el bosque ha desaparecido y estamos caminando entre campos de cultivo completamente expuestos al sol.

Si dentro del parque el calor era intenso, en mitad de aquellos campos resulta despiadado. No hay árboles, no hay sombra y apenas corre el aire. Solo hay tierra, cultivos y un sol empeñado en terminar con nosotras.

Intentamos orientarnos y reconducir la ruta, pero el error nos cuesta casi una hora adicional de caminata. Una hora que, en ese momento, sentimos como si fueran tres.

No hace falta explicar en qué estado llegamos finalmente al campamento base.... 

Lo primero que necesitamos es rehidratarnos, así que nos dirigimos directamente al bar más cercano.

Entre las dos nos bebemos casi un litro de cerveza y otro litro de una excelente limonada. No sabemos si es la sed, el agotamiento o la combinación de azúcar, agua y alcohol, pero aquello nos devuelve literalmente a la vida.




Con el cuerpo algo más entonado, decidimos comer también alguna cosa para recuperar fuerzas. Poco a poco dejamos de sentirnos como tres náufragas abandonadas en mitad del Paraíso Eslovaco ;-)


Comemos por primera vez el famoso queso frito eslovaco... y bueno, al menos este, no tiene nada de particular.

Finalmente nos marchamos del parque alrededor de las cinco de la tarde.

A esas alturas no tenemos ya el cuerpo para muchas jotas. Necesitamos una ducha con urgencia y unas cuantas horas sin caminar, así que regresamos al camping, nuestro pequeño reducto de paz.

Dedicamos el resto de la tarde a descansar, acicalar la furgo y preparar la ruta de los próximos días.

Ah, claro…

Y a escribir este blog..

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