Hoy amanecemos después de una estupenda noche a orillas del Danubio.
Antes de marcharnos aprovechamos para dar un paseo por los bosques cercanos y junto al río. Nos sorprende encontrarnos un enoooorme montón de grava acumulado prácticamente en la orilla.
En un primer momento pensamos que será material para arreglar los caminos, pero, obviamente, después de comernos ayer todos los baches para llegar hasta aquí, entendemos que para eso no lo usan...
Finalmente a Gemma se le ocurre que quizá la grava proceda del propio lecho del río.
Y resulta que sí.
Tenemos enfrente una draga trabajando en el Danubio, extrayendo sedimentos del fondo del río. La grava y la arena obtenidas mediante este tipo de dragado pueden aprovecharse posteriormente como áridos, entre otros usos, para la construcción.
Siempre aprendemos cosas en los viajes y hemos de admitir que, para resolver estas pequeñas curiosidades que te encuentras por el camino, la IA ayuda mucho...
Hoy tenemos de nuevo unas tres horas de carretera hasta los Bajos Tatras, que serán nuestro segundo destino en Eslovaquia.
Los primeros kilómetros los hacemos por autopista, todavía adaptándonos a una conducción que, desde que entramos en el país, nos está pareciendo bastante más rápida y agresiva que la que encontramos en Austria. Paramos a comer en una gasolinera y nos encontramos un libro de niños en los que les enseñan lo que son las ovejas... esta claro que este país parecen ser importantes...
Hacia el final decidimos abandonar la autopista para ver un poco más de la Eslovaquia rural y cogemos una carretera nacional.
Y por el camino hacemos una parada que a mí, como veterinaria ovejera, me resulta especialmente interesante.
Paramos en Salaš Krajinka, una explotación de ovejas que ha sabido combinar la actividad ganadera con un pequeño complejo turístico donde venden sus propios quesos, productos de panadería y dulces, y que además cuenta con un restaurante especializado en platos tradicionales elaborados principalmente con productos de ovino y vacuno.
¡Me encanta ver cómo se le puede sacar aprovechamiento turístico al ovino y la cantidad de gente que atrae!
Cada vez vivimos más alejados del medio rural y muchas familias buscan precisamente este tipo de experiencias para que sus hijos vean animales, conozcan una explotación y entiendan un poco mejor de dónde proceden los alimentos que consumen. Y este tipo de iniciativas, que combinan producción, gastronomía y divulgación, parecen funcionar estupendamente.
Por supuesto, nosotras hacemos nuestra pequeña contribución a la economía local y compramos queso.
Probamos algunos bastante salados y ahumados, quizá demasiado para nuestro gusto, pero finalmente damos con la bryndza, uno de los productos más tradicionales de Eslovaquia, y esta nos convence bastante más.
La bryndza es un queso blando de oveja, intenso y ligeramente ácido, muy utilizado en la cocina eslovaca. De hecho, es el ingrediente fundamental de uno de los platos nacionales del país, los bryndzové halušky, que conoceremos en apenas unos minutos...
También compramos dulces elaborados con productos de oveja y vaca, que están muy ricos, y unas estupendas galletas de avena.
Después entramos en el restaurante con la inocente intención de verlo y tomarnos una cerveza.
Solo una cerveza.
Pero, evidentemente, acabamos comprando comida.
El restaurante está construido junto a la propia explotación y una gran cristalera permite ver la zona de los animales desde el interior. Las instalaciones ganaderas, he de decir, son bastante cutrecillas, pero alabo muchísimo la idea de mostrarlas a los visitantes y acercar de esta manera la producción ganadera a la gente.
Finalmente pedimos para llevar un plato típico eslovaco: bryndzové halušky, una especie de pequeños ñoquis elaborados con patata y harina que se sirven con bryndza y, tradicionalmente, con trocitos de bacon.
Lo probamos y...
¡Está riquísimo!
Pues nada, ya tenemos cena para esta noche.
Seguimos camino hacia Liptovský Mikuláš y, cuando estamos llegando, nos adelanta un coche bastante cutre con un letrero luminoso en el que aparece:
FOLLOW ME POLÍCIA
MEC.
Claro, les seguimos.
Paramos detrás de ellos y nos informan muy amablemente de que hemos superado el límite de velocidad en 12 km/h: en una zona limitada a 50 íbamos a 62 km/h.
He de decir que conducía Gemma, que habitualmente va MUY por debajo del límite permitido, pero...
Así es la vida.
El caso es que tenemos que creérnoslo porque no nos enseñan ninguna foto ni prueba que lo atestigüe y, claro, ¿quién le lleva la contraria a la autoridad en un país extranjero?
A Gemma se le tuerce un poco el morro.
Pero bueno, son cosas que pasan cuando estás en carretera y hay que asumirlas. Al final la multa no ha sido más de 20 €, así que tampoco vamos a permitir que nos estropee el día.
Continuamos y llegamos a los bajos Tatras.
Vamos directamente al Camping Bystrina, donde previamente había intentado reservar plaza. La respuesta que recibí entonces me dejó bastante sorprendida: me dijeron que siempre tienen sitio y que, además, el camping está abierto las 24 horas.
¿Siempre?
¿En pleno verano?
¿Y podemos llegar a cualquier hora?
Wau.
No sabemos muy bien qué nos vamos a encontrar.
Pero resulta que es exactamente así.
Bystrina forma parte de un complejo turístico bastante grande, con alojamientos, zona de bienestar y un camping enorme que, para nuestra sorpresa, no está ni mucho menos lleno.
Después de venir de Austria, donde hemos encontrado aparcamientos abarrotados y zonas turísticas llenas de gente, semejante cantidad de espacio nos parece casi un lujo.
Nuestra impresión es que por aquí el turismo en autocaravana y camper tiene bastante menos presencia que en otros lugares que hemos recorrido, aunque quizá simplemente hemos tenido suerte con el momento y el lugar.
Sea como sea, ¡nos viene fenomenal!
El entorno es precioso y podemos elegir tranquilamente una buena parcela para instalarnos.
Todavía queda bastante tarde por delante, así que dejamos la furgo y salimos a dar un agradable paseo por los montes cercanos. Después de las horas de carretera, estirar las piernas rodeadas de naturaleza es exactamente lo que necesitábamos.
Y el día ya no da para mucho más.
Regresamos al camping y aprovechamos la tranquilidad para descansar un poco, escribir el blog, estudiar y preparar la cena.
Y, por supuesto, llega el momento de recuperar nuestro cargamento de Salaš Krajinka y probar como se merece ese plato de bryndzové halušky que hemos traído para cenar.
Después de Bratislava, el Danubio, las carreteras eslovacas, las ovejas, los quesos y nuestro inesperado encuentro con la policía, terminamos el día instaladas en un precioso y tranquilo rincón de los Bajos Tatras.
Mañana toca descubrirlos.
Pero por hoy, una buena cena y a descansar.

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