Hoy toca hacer kilómetros hasta Salzburgo, casi cuatro horas de carretera. En principio teníamos pensado desviarnos para visitar los castillos de Hohenschwangau y Neuschwanstein, una de las zonas más turísticas y visitadas de Baviera, pero después de la experiencia de ayer con las multitudes decidimos cambiar de planes.
Así que renunciamos a los castillos y ponemos rumbo directamente hacia Salzburgo, aunque con una parada intermedia en el Achensee, donde queremos estirar un poco las piernas y hacer algo de trekking por los alrededores del lago.
El día ha amanecido lluvioso y bastante gris, así que tampoco nos importa demasiado pasar unas horas en la carretera. En realidad, no parece un mal día para estar de tránsito...
Cuando llegamos al Achensee sigue lloviendo, y además con bastante intensidad. Aun así, decidimos salir a caminar un rato con la perra, que todavía no ha tenido su paseo del día.
El lugar parece realmente atractivo y es una pena que el tiempo no acompañe. El Achensee es el lago más grande del Tirol y está encajado entre las montañas del Karwendel y el Rofan, así que con buen tiempo tiene que ser espectacular. Hoy, sin embargo, las nubes bajas y la lluvia nos dejan intuir bastante más que disfrutar del paisaje.
Damos un paseo corto y, como el tiempo no parece dispuesto a mejorar, decidimos que quizá sea un buen momento para dedicarnos a otro de nuestros entretenimientos favoritos: comer.
Nos quedamos en un restaurante a orillas del lago que tiene buena pinta.
¡Y acertamos de pleno!
Ya que estamos junto a un lago, queremos probar pescado, pero cuando miramos la carta descubrimos que, aunque sí tienen varios pescados, ninguno procede del propio Achensee.
En fin...
Aun así, yo me pido una trucha y Gemma, salmón, y ambos platos están deliciosos. Además, la camarera es un encanto. Es austríaca, tiene novio argentino y está aprendiendo español, así que aprovecha para practicar con nosotras y convierte la comida en un rato todavía más agradable.
De postre nos pedimos un plato típico, una especie de bizcocho o masa caliente acompañado de dos preparaciones diferentes de manzana —una más líquida y otra con tropezones y bastante más ácida— y un montón de fruta variada cortada en pequeños trozos.
¡Delicioso!
Así que, aunque el restaurante es caro —90 € las dos—, salimos encantadas. Porque, al final, cuando comes bien y disfrutas de la experiencia, lo caro te parece barato...
Desde allí ya ponemos rumbo directo a Salzburgo.
La entrada a la ciudad es sorprendentemente tranquila. Hay que recordar que es domingo, pero aun así nos llama la atención lo poco que nos cuesta llegar y aparcar en un parking relativamente cercano al centro.
Desde allí tenemos unos quince minutos andando hasta el casco histórico, y el paseo nos produce una de las primeras sorpresas de Salzburgo: el silencio.
Caminamos entre calles estrechas y empedradas que están tan tranquilas que, por momentos, ¡parece que estemos atravesando un pueblo abandonado!
Vemos muchísimas bicicletas y pocos coches y, entre los que circulan, bastantes son eléctricos. A eso se suma algo que nos lleva llamando la atención durante todo el viaje: el carácter tranquilo de los austríacos y ese tono de voz generalmente calmado que hace que incluso los espacios con gente parezcan silenciosos.
La sensación es rarísima. ¡Parece que estamos solas!
Llegamos al casco histórico por la parte alta, lo que nos permite tener una primera panorámica de la ciudad desde las alturas. Y la imagen es bastante impresionante.
Sobre todo nos llama la atención la enorme Catedral de Salzburgo, que parece literalmente encajada con calzador en medio del casco antiguo. Es tan sólida, monumental y desproporcionadamente grande respecto al espacio que la rodea que da la sensación de que alguien la hubiera construido primero y después hubiese intentado meter la ciudad alrededor.
Un tanto pretenciosa, pensamos... aunque, por otro lado, muy propio de los grandes templos religiosos.
La entrada al corazón monumental de Salzburgo es espectacular. Llegamos a la Kapitelplatz, donde se encuentra Sphaera, la enorme esfera dorada coronada por la figura de un hombre, obra del artista alemán Stephan Balkenhol. Detrás, dominando toda la escena desde lo alto de la montaña, aparece la imponente fortaleza de Hohensalzburg.
Y entonces empezamos a entender por qué Salzburgo resulta tan especial.
Desde Kapitelplatz prácticamente vamos enlazando una plaza monumental con otra: la Domplatz, presidida por la catedral, y la enorme Residenzplatz, rodeada por los edificios de la antigua residencia de los príncipes-arzobispos. Muy cerca queda también la Mozartplatz, presidida, cómo no, por la estatua de Mozart.
Todo está concentrado en poquísimo espacio.
Y quizá eso es precisamente lo que más nos sorprende de Salzburgo: su estructura. En apenas unos minutos pasas de pequeñas calles empedradas a plazas monumentales, iglesias enormes, palacios barrocos y, sobre todo ello, la fortaleza vigilando la ciudad desde las alturas.
Después nos dedicamos simplemente a callejear y disfrutar del ambiente. No tenemos demasiada prisa ni intención de entrar en todos los monumentos; hoy nos apetece más descubrir la ciudad andando, dejándonos llevar.
Y Salzburgo nos encanta.
Además, el río Salzach cruza toda la ciudad y le da mucha luz y agradables paseos cercanos al centro de la ciudad.
Nos gusta muchísimo su tranquilidad, su ambiente relajado y esa mezcla tan peculiar entre una ciudad pequeña y un conjunto monumental enorme concentrado en un espacio sorprendentemente reducido.
Además, hay arte por todas partes.
Encontramos músicos tocando en las calles, artistas pintando al aire libre y pequeños rincones en los que apetece detenerse simplemente a mirar. Todo ello sin romper esa sensación de calma que parece acompañarnos durante toda la visita.
Una preciosidad de ciudad.
En medio del gentío comenzamos a ver gente muy emperifollada... algo va a acontecer esta noche.... Sabemos que la ópera es importante en esta ciudad y buscando información nos enteramos que hoy empieza el festival de música y el mismísimo presidente de Austria va a asistir a la inauguración... de ahí tanto boato!!!
Nuestra casa por esta noche
Para dormir hemos reservado una plaza en un área para autocaravanas a las afueras de Salzburgo.
Encontrarla resulta algo más complicado de lo esperado porque Google Maps parece no tener demasiadas ganas de llevarnos hasta allí y nos hace dar unas cuantas vueltas. Pero cuando finalmente llegamos descubrimos que el sitio merece muchísimo la pena.
Es una granja situada en lo alto de una colina, con unas vistas increíbles sobre todo el valle en el que se encuentra Salzburgo.
Manuela, la propietaria, nos está esperando y nos recibe estupendamente.
Y además llegamos justo a tiempo para la puesta de sol.
El lugar es espectacular. La ciudad queda abajo, extendida por el valle, las montañas cierran el horizonte y nosotras podemos contemplarlo todo desde la tranquilidad absoluta de la granja.
Difícil terminar mejor el día.
Aunque todavía me queda energía para darme un pequeño paseo por el bosque cercano antes de cenar. Un rato caminando entre árboles, prácticamente sola, antes de regresar a la furgo con esas espectaculares vistas sobre Salzburgo.
Un disfrute auténtico.
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