Nos tomamos la mañana con calma y salimos un poco tarde del camping. La idea es ir al teleférico de Ehrwalder para subir a conocer el Seebensee, un precioso lago de alta montaña desde el que se pueden hacer rutas sin demasiado desnivel. Pero, cuando llegamos al aparcamiento, nos llevamos la primera decepción del día: el parking, que es enorme, está absolutamente abarrotado.
Después de estar un buen rato dando vueltas, decidimos desistir y buscar un plan B...
Y el plan B será visitar el Plansee, un enorme lago de montaña que promete aguas turquesas, zonas de baño y senderos entre bosques bordeando sus orillas.
Pero parece que hoy no somos las únicas con buenas ideas. El tráfico para llegar es infernal, el acceso al lago está regulado por la policía y los aparcamientos son limitados. Nuestro humor va bajando decibelios por momentos... Odiamos las multitudes y los lugares demasiado concurridos, aunque entendemos perfectamente que este fantástico rincón, con el estupendo día que hace, no solo nos atraiga a nosotras....
Así que finalmente conseguimos aparcar y decidimos darle una oportunidad. Nos cogemos algo para comer por el camino y nos vamos con la perra a explorar.
Hace un tiempo excelente —quizá incluso demasiado calor— y la gente se concentra en las verdes orillas del lago. Pero hay que reconocer que la organización austríaca funciona estupendamente. Por el lago navega un gran barco turístico que comunica distintos puntos de la orilla y, aparte de él, solo vemos pequeñas embarcaciones a remo, canoas y montones de tablas de paddle surf.
Buena parte de las orillas están acondicionadas con playas de hierba súper agradables y gratuitas que, sorprendentemente, tampoco parecen excesivamente abarrotadas. ¡Claro que hay muchísimos metros de orilla donde repartirse! Hay incluso una playa para perros, llena de familias que vienen a bañarse con sus mascotas.
Nosotras decidimos hacer una ruta bordeando el lago, al menos durante un rato, porque circunvalarlo entero puede llevar muchas horas.
El camino comienza siendo una pista ancha de gravilla, apta para bicicletas, pero pronto se estrecha y se convierte justo en ese tipo de sendero que a nosotras nos encanta: estrecho, serpenteante, sombrío y rodeado de preciosos bosques, mientras discurre pegado a la orilla de un lago de un increíble color turquesa.
Vamos, un sueño...
Además, las hordas de gente que encontramos cerca de los aparcamientos van disminuyendo a medida que nos alejamos. Hasta que llegamos a una zona lateral del lago donde siguen apareciendo pequeñas playitas en las que poder bañarse, pero donde ya no encontramos prácticamente a nadie.
Así que el sueño mejora todavía un poquito más.
Por el camino nos cruzamos con una pareja de jubilados austro-españoles —ella austríaca y él español— que nos cuentan las distintas posibilidades para recorrer el lago y las actividades que se pueden hacer por aquí. Ellos llevan ya dos horas y media caminando desde el otro extremo y todavía les queda aproximadamente una hora hasta llegar a nuestro aparcamiento. Después cogerán el autobús para regresar al punto de partida. Otra posibilidad sería volver en el barco que recorre el lago.
Nosotras, bastante menos ambiciosas hoy, decidimos parar a comer en una de esas preciosas playitas y aprovechar para darnos un baño.
Y ahí cambia definitivamente el día.
El agua está fresquita, pero para nada helada, y después del baño nuestros ánimos mejoran sustancialmente, hasta casi rozar la euforia.
¡Qué preciosidad de lago! ¡Y qué agua tan limpia, transparente y maravillosamente azul turquesa! Nada que envidiar a las playas del Caribe, en nuestra opinión.
Después de comer regresamos tranquilamente hacia el coche y todavía nos quedamos un buen rato a orillas del lago, con la furgo aparcada al lado, aprovechando para escribir un poco este blog y hacer algo de ejercicio.
Por la tarde decidimos cambiar naturaleza por historia y acercarnos a Ehrenberg, cerca de Reutte.
Lo que hoy se conoce como Burgenwelt Ehrenberg es en realidad un impresionante sistema defensivo construido y ampliado durante siglos para controlar este estratégico paso alpino. El conjunto está formado por cuatro elementos: la Ehrenberger Klause, en el fondo del valle; el castillo de Ehrenberg, sobre la montaña; el Fort Claudia, en la ladera opuesta, y la fortaleza de Schlosskopf, dominando todo el sistema desde lo alto.
El origen del castillo de Ehrenberg se remonta a finales del siglo XIII. Fue levantado por el conde Meinhard II de Tirol para proteger y administrar los nuevos territorios que había incorporado en esta zona, y su existencia está documentada desde 1296. Su posición no era precisamente casual: desde aquí se controlaba una importantísima ruta de comunicación a través de los Alpes, utilizada desde época romana por la Vía Claudia Augusta y, siglos después, por otras rutas comerciales.
Con el tiempo, aquel castillo medieval fue creciendo hasta convertirse en el corazón de uno de los sistemas fortificados más importantes del norte del Tirol. Y tampoco tuvo una vida especialmente tranquila: Ehrenberg fue escenario de diferentes conflictos europeos y en 1703, durante la Guerra de Sucesión Española, llegó a caer en manos bávaras. Finalmente, en 1782 el emperador José II ordenó abandonar la fortificación y buena parte del conjunto terminó cayendo progresivamente en ruinas.
Hoy, afortunadamente, esas ruinas se están restaurando y recuperando.
El acceso al castillo es gratuito; se paga el aparcamiento y, si quieres utilizarlos, los remontes que permiten salvar cómodamente el desnivel. También se puede cruzar la highline179, el espectacular puente colgante que atraviesa el valle entre la zona del castillo de Ehrenberg y Fort Claudia.
El puente es realmente impresionante, pero es largo, alto y con suelo de rejilla, así que con la perra decidimos que mejor no experimentar.
Nosotras subimos andando.
El camino asciende entre preciosos bosques hasta el castillo y, además, hemos acertado completamente con la hora. Son ya las siete de la tarde y encontramos muy poca gente para estar en una de las atracciones turísticas más conocidas de la zona. La temperatura es excelente y la luz empieza a suavizarse, así que todo ayuda.
El lugar es realmente impresionante y su ubicación, majestuosa.
Desde las ruinas del castillo, actualmente en proceso de restauración, las vistas sobre el valle y las montañas son magníficas. Cuesta imaginar un emplazamiento mejor para controlar quién atravesaba estas montañas hace siglos.
Disfrutamos muchísimo de la visita y, de paso, aprendemos un poco sobre la compleja historia de esta zona fronteriza y sobre los conflictos que, en distintos momentos de la historia, enfrentaron al Tirol con sus vecinos bávaros.
Y con esto damos por terminado el día.
Regresamos al camping para descansar y nos homenajeamos con una fantástica cena de carne de vacuno local regada con vino español de Rioja. Y, para completar el menú, un excelente carpaccio de calabacín de nuestro huerto...Receta gentileza de Carlos Hedman ;-)
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