Salimos de San Jorge el domingo por la mañana, después de dejar la casa organizada, una tarea que siempre lleva más tiempo del que parece. Hicimos una parada en Donosti para dejar a Merche y aprovechar para comer con la familia y unas amigas antes de poner rumbo a Irún y cruzar la frontera con Francia. El objetivo era sencillo: avanzar todos los kilómetros posibles.
La primera jornada terminó poco después de Burdeos. Buscamos un lugar tranquilo con cobertura para poder ver la final del Mundial entre España y Argentina. Gemma, que hasta hace poco era completamente ajena al fútbol, ha acabado enganchándose a este espectáculo. El sitio no era especialmente bonito, pero cumplía con lo que necesitábamos: tranquilidad, conexión y una buena noche de descanso.
El segundo día fue, prácticamente, una jornada de tránsito por las interminables autopistas francesas, donde los peajes parecen aparecer cada pocos kilómetros. Este año decidimos cruzar el país por la zona central y fue todo un acierto. Nada que ver con el intenso tráfico de la autopista del sur de Francia, que en viajes anteriores nos había parecido un auténtico caos. Salvo las retenciones habituales al atravesar las principales ciudades, el trayecto fue mucho más relajado.
Al finalizar esta segunda jornada llegamos hasta las inmediaciones de Basilea, en la frontera con Suiza. Preferimos dormir todavía en territorio francés para seguir teniendo cobertura en el móvil, ya que en Suiza nuestra compañía no tiene convenio de roaming y debemos poner los teléfonos en modo avión. Encontramos un pequeño lago artificial muy bien cuidado donde pasamos una noche tranquila... y sorprendentemente fresca.
El 21 de julio llegó uno de esos momentos que tanto nos gustan en los viajes. Atravesamos Suiza de punta a punta sin GPS, guiándonos únicamente con el magnífico mapa de papel de Gemma, como en los viejos tiempos. Fue una forma diferente de viajar, más pausada y entretenida.
Poco después de comer llegamos a Innsbruck. Habíamos reservado un aparcamiento en la parte alta de la ciudad por 15 € la noche, una opción que, después de investigar un poco, nos pareció la más práctica. Como aún nos quedaba tarde por delante, salimos a pasear con la perra por los montes cercanos, disfrutando del aire fresco y de las primeras vistas de los Alpes. La visita al centro histórico la dejamos para el día siguiente.
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